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Contexto histórico

El Sábado y la Pureza

Tiempo santo, cuerpo santo

El descanso semanal y las reglas de pureza marcaban la vida judía. Jesús guardó la Ley, pero sanó en sábado y tocó a leprosos, enfermos y muertos.

Un día distinto de todos los demás

El sábado, del hebreo shabbat, “cesar”, era el séptimo día, desde la puesta del sol del viernes hasta la del sábado. La Biblia da dos razones: Dios descansó al completar la creación (Éxodo 20:8-11) y liberó a Israel de la esclavitud en Egipto, por eso siervos, extranjeros y hasta animales debían descansar (Deuteronomio 5:12-15). En el siglo I era una de las señales más visibles de la identidad judía, junto con la circuncisión y las leyes sobre alimentos. Los autores romanos veían la costumbre con extrañeza: Tácito atribuye el descanso semanal a la pereza (Historias 5.4), y otros escritores se burlaron de él. Aun así, Josefo afirma que muchos no judíos imitaban el sábado. Para la familia judía era un día de alegría, de mejor comida, de estudio de la Ley en la sinagoga y de descanso para toda la casa, anunciado en Jerusalén por el toque de trompeta de un sacerdote desde lo alto del Templo.

Guardar el sábado en la práctica

La Ley prohíbe trabajar en sábado, pero no dice en detalle qué cuenta como trabajo, y los grupos judíos lo discutían mucho. En 1 Macabeos, judíos fieles se dejan matar sin resistir en un sábado; después de eso, Matatías decide que se podía luchar en defensa propia. Josefo cuenta que en el 63 a.C. el general romano Pompeyo aprovechó los sábados para levantar sus rampas de asedio contra Jerusalén, sabiendo que los defensores solo reaccionaban si eran atacados (Antigüedades judías 14). La Misná, compilada hacia el 200 d.C., enumera 39 categorías principales de trabajo prohibido, como sembrar, cosechar, moler, amasar, hornear y llevar objetos de un dominio a otro (Shabat 7:2), y limita la distancia que se podía caminar, el camino de un sábado (Hechos 1:12). También afirma que el peligro de muerte está por encima del sábado. Los esenios eran más rigurosos; los fariseos buscaban aplicar la regla a la vida real.

Jesús, Señor del sábado

Ningún tema provocó tantos conflictos entre Jesús y los líderes religiosos como el sábado. Los discípulos arrancan espigas al pasar por un sembrado, lo que según las categorías de trabajo contaba como cosechar (Marcos 2:23-24). Jesús sana en la sinagoga a un hombre con la mano seca (Marcos 3:1-6), a una mujer encorvada desde hacía dieciocho años (Lucas 13:10-17) y a un paralítico en Jerusalén (Juan 5:9-10). Ninguno de esos casos era de vida o muerte; por eso la pregunta de sus adversarios era comprensible: ¿por qué no esperar al día siguiente? Jesús responde desde dentro del debate judío: ustedes desatan al buey para darle de beber, sacan a la oveja del pozo, circuncidan en sábado. Pero va más allá: el sábado fue hecho para el ser humano, y el Hijo del Hombre es Señor del sábado (Marcos 2:27-28). No anula el día; le devuelve su sentido de liberación y reclama una autoridad que solo Dios tiene.

Puro e impuro no es lo mismo que bueno y malo

Para un lector moderno, impuro suena a sucio o a pecador. En la Ley de Moisés, sin embargo, la impureza ritual era sobre todo un estado pasajero que impedía entrar al Templo y tocar cosas sagradas. Venía de hechos naturales de la vida: el parto, la menstruación y otros flujos del cuerpo, ciertas enfermedades de la piel traducidas como lepra y, la más grave de todas, el contacto con un cadáver (Levítico 12–15; Números 19). Quedar impuro no era pecado; el pecado sería ignorar la impureza y entrar en el santuario. La purificación implicaba esperar, bañarse y, en algunos casos, ofrecer un sacrificio o recibir el agua con cenizas de la vaca roja. La lepra bíblica, que abarcaba varias enfermedades de la piel, era la más pesada socialmente: el enfermo vivía fuera del campamento y debía advertir a los demás de su condición (Levítico 13:45-46). Más que higiene, estas reglas enseñaban que la vida viene de Dios y que la muerte no tiene lugar delante de él.

Agua y piedra: la arqueología de la pureza

La preocupación por la pureza dejó huellas en el suelo. Los arqueólogos han identificado cientos de miqvaot, piletas excavadas en la roca con escalones que bajan hasta el agua, fechadas entre el siglo I a.C. y el siglo I d.C., en Jerusalén, Séforis, Gamla, Jericó, Qumrán y muchas aldeas. Algunas tienen un murete que divide la escalera, quizá para separar a quien bajaba impuro de quien subía purificado. Varias estaban cerca de las escalinatas del sur del Templo, donde los peregrinos se purificaban antes de subir. Otra huella son los recipientes de piedra caliza, desde vasos hasta grandes tinajas, producidos en serie en esa época: según la tradición conservada en la Misná, la piedra no contraía impureza. Por eso las seis tinajas de piedra de Caná, puestas para la purificación de los judíos (Juan 2:6), son un detalle exacto. La Misná fija incluso el volumen mínimo de agua de un miqvé, cuarenta seás, unos cientos de litros según el cálculo que se adopte.

El toque que invierte el contagio

Según la lógica de la pureza, la impureza pasaba por el contacto: quien tocaba a un leproso, a una mujer con flujo o a un cadáver quedaba impuro. Los Evangelios muestran a Jesús haciendo una y otra vez el movimiento contrario. Extiende la mano y toca al leproso, y el leproso queda limpio (Marcos 1:41). Una mujer con hemorragias desde hacía doce años, impura según Levítico 15, toca su manto y queda sana (Marcos 5:25-34). Toca el féretro del hijo de la viuda de Naín y toma la mano de la hija muerta de Jairo (Lucas 7:14; Marcos 5:41). En lugar de contaminarse, comunica vida y pureza. Al mismo tiempo, Jesús no desprecia la Ley: manda al leproso sanado a presentarse al sacerdote y ofrecer lo que Moisés ordenó (Marcos 1:44), y enseña que lo que contamina a la persona es lo que sale del corazón (Marcos 7:21-23). Para los cristianos, estos gestos anticipan el Reino donde la muerte ya no tiene la última palabra.

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