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Contexto histórico

Las fiestas judías

El calendario que marcaba la vida

Pentecostés, Tabernáculos, Expiación, Dedicación y Purim daban ritmo al año judío. Juan organiza buena parte de la vida de Jesús en torno a esas fiestas.

Un año marcado por fiestas

El año judío no se contaba por meses civiles, sino por la luna y las cosechas. Levítico 23 enumera las fiestas fijadas por Dios, y tres de ellas eran de peregrinación: todo varón israelita debía presentarse en el santuario en la fiesta de los Panes sin Levadura (la Pascua), en la de las Semanas y en la de los Tabernáculos. Cada una coincidía con un momento del campo: la cebada en primavera, el trigo a comienzos del verano, las uvas, las aceitunas y las frutas en otoño. En el séptimo mes, tishrí (septiembre u octubre), venían además el día de las Trompetas y el Día de la Expiación. Después del exilio se sumaron dos fiestas que no están en la Ley de Moisés: Purim, ligada al libro de Ester, y la Dedicación, o Janucá, nacida en la revuelta de los macabeos. Para un galileo del siglo I, el calendario no era abstracto: decía cuándo subir a Jerusalén, cuándo ayunar y cuándo bailar.

Pentecostés: la fiesta de las Semanas

Siete semanas después de la Pascua, contadas desde la ofrenda de la primera gavilla de cebada, llegaba la fiesta de las Semanas, Shavuot. Los judíos de habla griega la llamaban Pentecostés, el día quincuagésimo. En el Templo se ofrecían dos panes de trigo, curiosamente horneados con levadura, como primicias de la cosecha. Era también fiesta de peregrinación, y el libro de Hechos muestra Jerusalén llena de judíos venidos de Mesopotamia, Egipto, Roma y Creta. Josefo cuenta que en el Pentecostés del año 4 a. C., poco después de la muerte de Herodes, una multitud de peregrinos de Galilea, Idumea, Jericó y Perea cercó a las tropas romanas en Jerusalén. En algunos grupos, como los que produjeron el Libro de los Jubileos y los Manuscritos del Mar Muerto, la fiesta ya estaba ligada a la renovación del pacto; la asociación explícita con la entrega de la Ley en el Sinaí aparece en fuentes rabínicas posteriores.

Tabernáculos: agua y luz

La fiesta de los Tabernáculos, Sucot, comenzaba el 15 de tishrí y duraba siete días, más un octavo día solemne. Las familias vivían en cabañas de ramas, recordando los años en el desierto, y llevaban al Templo un manojo de palmera, mirto y sauce, con una cidra en la otra mano. Josefo la llama la más santa y la mayor de las fiestas de los hebreos. La Misná, escrita después pero describiendo el Templo, conserva dos ritos impresionantes. Cada mañana, un sacerdote llenaba una jarra de oro en el estanque de Siloé y derramaba el agua sobre el altar, entre toques de trompeta. De noche, en el atrio de las Mujeres, se encendían enormes candelabros de oro, y el texto dice que no había patio en Jerusalén que no reflejara esa luz; hombres piadosos bailaban con antorchas hasta el amanecer. En ese escenario Jesús, durante la fiesta, habla de agua viva y se presenta como la luz del mundo.

El Día de la Expiación

Cinco días antes de los Tabernáculos, el 10 de tishrí, llegaba el día más solemne del año: Yom Kipur, el Día de la Expiación. No era fiesta de banquete, sino de ayuno y arrepentimiento; el pueblo afligía su alma y no trabajaba. Era la única ocasión en que el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo, la sala vacía y oscura en el corazón del Templo, llevando incienso y sangre. Levítico 16 describe dos machos cabríos: uno sacrificado y otro enviado al desierto cargando simbólicamente los pecados del pueblo. La Misná, en el tratado Yomá, añade detalles, como los sacerdotes que mantenían despierto al sumo sacerdote durante la noche anterior. El día era tan conocido que servía de referencia en el calendario: en Hechos, decir que el Ayuno ya había pasado equivalía a decir que la temporada segura de navegación en el Mediterráneo había terminado. La Carta a los Hebreos lee la obra de Cristo a la luz de ese día.

Janucá: la fiesta de la Dedicación

En el año 167 a. C., el rey seléucida Antíoco IV Epífanes profanó el Templo de Jerusalén e instaló en él un culto pagano. La revuelta encabezada por Judas Macabeo recuperó el santuario, y en el 164 a. C., el día 25 del mes de kislev (entre noviembre y diciembre), el altar fue purificado y rededicado con ocho días de fiesta. Así lo narra 1 Macabeos, libro que no forma parte de la Biblia protestante, pero que es una fuente histórica valiosa. Josefo dice que la fiesta se llamaba Luces. La conocida historia del aceite que duró ocho días solo aparece en el Talmud babilónico, siglos después. Juan registra que Jesús estaba en el Templo, en el pórtico de Salomón, durante la Dedicación, en invierno. En una fiesta que recordaba a un libertador y la consagración del altar, le preguntan si él es el Cristo, y Jesús habla de sí mismo como aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo.

Purim y el Evangelio de las fiestas

Purim, los días 14 y 15 de adar (febrero o marzo), celebra la salvación de los judíos de Persia narrada en Ester, con banquetes, regalos de comida y ayuda a los pobres. En 2 Macabeos ya aparece como el día de Mardoqueo. Algunos estudiosos proponen que la fiesta sin nombre de Juan 5 sea Purim; otros piensan en Pentecostés o en los Tabernáculos, y el texto no permite certeza. De hecho, Juan es quien más organiza la vida de Jesús según el calendario: menciona tres Pascuas, los Tabernáculos, la Dedicación y esa fiesta anónima. El efecto es intencional. Cerca de la Pascua, Jesús habla del templo de su cuerpo y del pan de vida; en los Tabernáculos, de agua y de luz; en la Dedicación, de su propia consagración. Sin despreciar las fiestas, el evangelista muestra a Jesús como aquel hacia quien apuntaban. Conocer el calendario es leer a Juan con los ojos de quienes estaban allí.

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