Derramar el alma
Una enseñanza para las madres · 1 Samuel 1:11–18
11Entonces hizo una promesa diciendo: «Yahvé de los Ejércitos, si te fijas en la angustia de esta sierva tuya y te acuerdas de mí, si no te olvidas de tu sierva y me das un hijo varón, yo lo entregaré a Yahvé por el resto de su vida, y nunca se cortará el cabello». 12Mientras ella seguía orando ante el Señor, Elí se fijó en su boca. 13Como Ana oraba en silencio, solo se movían sus labios; no se escuchaba su voz. Por eso Elí pensó que estaba borracha. 14Y le dijo: «¿Hasta cuándo te va a durar la borrachera? ¡Ya deja el vino!». 15Ana le respondió: «No, señor mío; no estoy borracha. Soy una mujer que está sufriendo mucho. No he bebido vino ni licor, sino que estaba desahogando mi alma ante Yahvé. 16No me confunda con una mujer mala; he estado orando así por mi gran angustia y dolor». 17Entonces Elí le contestó: «Vete en paz, y que el Dios de Israel te conceda lo que le has pedido». 18Ella respondió: «Espero contar siempre con su favor». Luego Ana se fue, comió algo y su rostro ya no estaba triste.
Contexto
Ana era una de las dos esposas de Elcana y no tenía hijos, mientras la otra, Penina, la provocaba año tras año (1 Samuel 1:6–7). En el tiempo de los jueces, no tener hijos se veía como una vergüenza. En la visita anual al santuario de Silo, Ana va a orar sola, y el sacerdote Elí la observa de lejos y la juzga mal. El niño que nació de esa oración fue Samuel, el profeta que ungiría a los primeros reyes de Israel.
Lo que enseña la Biblia
La oración de Ana no es bonita. Ella «lloraba desconsoladamente», los labios se le mueven sin sonido, y el sacerdote piensa que está borracha. Su respuesta a Elí es una de las mejores definiciones de oración de la Biblia: «estaba desahogando mi alma ante Yahvé». Muchas madres creen que tienen que estar ordenadas por dentro para orar. Dios recibe la oración desordenada.
Ana oró por un hijo que todavía no existía y prometió entregárselo a Dios. Después de que Samuel nació, dijo: «Le pedí a Dios este niño» (v. 27). Orar por los hijos es, en el fondo, reconocer que no son nuestra propiedad. Pedimos, cuidamos y se los devolvemos a Dios cada día, sabiendo que su vida tiene un propósito mayor que nuestros planes.
El v. 18 guarda un detalle sutil: Ana sale, come, y «su rostro ya no estaba triste», antes incluso de quedar embarazada. La oración cambió primero a la madre y después las circunstancias. Este texto también acoge a quien desea tener hijos y no los tiene, y a quien perdió un hijo: Dios escucha ese llanto, aun cuando la respuesta sea distinta de la que Ana recibió.
En la práctica
Elige un lugar y un horario fijos (puede ser la ducha o el trayecto al trabajo) y, durante siete días, habla con Dios con total sinceridad sobre cada hijo: miedos, cansancio y sueños.
Para conversar
Cuando estás muy angustiado, ¿qué te ayuda a hablar con Dios de verdad?
Oración
Señor, derramo delante de ti mi alma, con todo mi miedo y toda mi esperanza. Mis hijos son tuyos antes que míos. Recibe mi oración desordenada y cambia primero mi corazón. Amén.
Conoce también: Ana.