porque Ele vive
Inicio › Devocional
Devocional

Misericordias nuevas cada mañana

Devocional del 23 de octubre · Lamentaciones 3:23 · 12 min de lectura

16Me ha quebrantado los dientes con guijarros, me ha cubierto de ceniza. 17Mi alma ha sido alejada de la paz; me olvidé de la felicidad. 18Y dije: «Ha perecido mi fortaleza y mi esperanza en Yahvé». 19Acuérdate de mi aflicción y de mi miseria, del ajenjo y de la hiel. 20Mi alma lo tiene muy presente y se abate dentro de mí. 21Pero esto traigo a mi memoria; por lo tanto, tengo esperanza. 22Por la misericordia de Yahvé no hemos sido consumidos, porque sus piedades nunca faltan. 23Nuevas son cada mañana; grande es tu fidelidad. 24«Mi porción es Yahvé», dice mi alma; «por tanto, en él esperaré». 25Bueno es el Señor con los que en él esperan, con el alma que le busca. 26Bueno es esperar en silencio la salvación de Yahvé. 27Bueno le es al hombre llevar el yugo desde su juventud. 28Que se siente solo y calle, porque el Señor se lo ha impuesto. 29Que ponga su boca en el polvo, por si aún hay esperanza. 30Que dé su mejilla al que le hiere, y se harte de afrentas. 31Porque el Señor no desecha para siempre; 32antes bien, aunque causa dolor, tiene compasión según la multitud de sus misericordias. 33Porque no aflige por gusto, ni entristece a los hijos de los hombres.
Lamentaciones 3:16–33 · SBLM

Contexto

Lamentaciones reúne cinco poemas de duelo escritos después de que los babilonios destruyeron Jerusalén y el templo, c. 587/586 a. C. El libro no lleva el nombre de su autor; la tradición judía y cristiana lo atribuye al profeta Jeremías, que vivió aquel colapso. Los poemas están construidos con cuidado. En hebreo, el capítulo 3 es el más elaborado: cada letra del alfabeto abre tres versos seguidos. El dolor no se derrama de cualquier manera; se ordena delante de Dios, letra por letra.

El escenario es de ruina total: ciudad quemada, hambre, gente llevada al exilio, la sensación de que Dios se ha vuelto enemigo. El capítulo 3 habla con la voz de un hombre que ha visto la aflicción (v. 1), y durante casi veinte versículos se queja, acusa y llora sin suavizar nada. Entonces, en el v. 21, algo cambia. Nada allá afuera ha sido reconstruido. Lo que cambia es aquello que él decide traer a la memoria. De ese giro viene la frase que muchos cantan sin saber dónde nació.

Lo que dice el texto

Reflexión

Mucha gente conoce la frase «grande es tu fidelidad» por un himno o por una taza, pero no nació en un buen día. Nació entre escombros. Pocos versículos antes, el poeta decía que Dios lo había hecho «habitar en lugares oscuros, como los que murieron hace mucho tiempo» (v. 6). No finge. Se queja, acusa, llora. Y la Biblia conserva esas palabras. Eso ya es un consuelo: la fe bíblica tiene lugar para la queja honesta, y nadie necesita arreglarse por dentro antes de hablar con Dios.

El giro del v. 21 no ocurre porque la ciudad haya sido reconstruida. Ocurre en la memoria. La palabra traducida como misericordia es el hebreo hesed, el amor leal del pacto, ese que no abandona el compromiso cuando el otro falla. Y piedades traduce una palabra emparentada con el término para vientre: compasión sentida por dentro, como la de una madre. El poeta mira su propia supervivencia y concluye que, si no fue consumido, no fue por mérito suyo, sino porque las piedades de Yahvé nunca faltan.

«Nuevas son cada mañana». La imagen recuerda el maná en el desierto, que aparecía cada mañana y no se podía guardar para el día siguiente. La gracia de ayer no se dio para almacenarla, y el fracaso de ayer no agota la gracia de hoy. Quien está hundido en la culpa suele pensar que ya gastó su cuota. El texto mide de otra manera: por la fidelidad de Dios, no por el desempeño de quien recibe. Por eso el alma responde: «Mi porción es Yahvé» (v. 24). La porción era la parte de la herencia; los levitas no recibían tierra, porque el propio Señor era su herencia.

Esto no es optimismo barato. El v. 26 habla de «esperar en silencio la salvación de Yahvé», y el v. 32 admite que Dios puede causar dolor. Pero el v. 33 añade que no aflige por gusto. El dolor es real, pero no tiene la última palabra sobre quién es Dios. Para el cristiano, esta esperanza tiene un rostro: Jesús descendió al lugar más oscuro, la muerte, y fue en una mañana, el primer día de la semana, cuando las mujeres encontraron la tumba vacía. Lamentaciones no habla de Jesús directamente; pero la fidelidad que el poeta cantó es la misma que la resurrección confirmó.

Entonces, ¿qué hacer con el fracaso de ayer? Nombrarlo delante de Dios, sin maquillaje. Confesar lo que sea pecado, reparar lo que se pueda reparar, pedir ayuda a quien haga falta. Y después recibir la mañana como es: nueva. El texto no promete que todo estará resuelto antes de la noche. Promete algo más firme: que no vas a atravesar este día fuera del alcance de la fidelidad de Dios.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: Escribe el fracaso de ayer que más te pesa. Justo debajo, copia Lamentaciones 3:22-23 y responde: ¿qué cambia si la medida es la fidelidad de Dios y no mi desempeño?

Oración

Señor, grande es tu fidelidad. Tú no cambias cuando yo cambio, y tu amor leal no se rinde conmigo. Confieso que muchas veces vivo como si mi error de ayer fuera más grande que tu misericordia. Confieso también que me olvido de tus bondades y solo me acuerdo de la amargura. Hoy traigo a la memoria lo que ya hiciste por mí en Cristo. Renueva en mí la esperanza, enséñame a esperar en silencio tu salvación y dame valor para reparar lo que pueda. Tú eres mi porción. Amén.

Para memorizar: Lamentaciones 3:22-23
Paso para hoy: Mañana temprano, antes de tomar el celular, di en voz baja: tus misericordias son nuevas hoy, y entrega a Dios la primera preocupación del día.

Para profundizar: lee Lamentaciones 3 y conoce a Esperanza.

CompartirWhatsApp

Abrir la versión interactiva →