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Devocional

Examíname, oh Dios

Devocional del 13 de octubre · Salmos 139:23 · 13 min de lectura

7¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? 8Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, ¡he aquí, allí tú estás! 9Si tomare las alas del alba, y habitare en el extremo del mar, 10aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra. 11Si dijere: «Ciertamente las tinieblas me encubrirán; aun la noche resplandecerá en torno a mí»; 12aun las tinieblas no encubren de ti, y la noche resplandece como el día; lo mismo te son las tinieblas que la luz. 13Porque tú formaste mis entrañas; tú me entretejiste en el vientre de mi madre. 14Te alabaré, porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien. 15No fue encubierto de ti mi cuerpo, bien que en oculto fui formado, y entretejido en lo más profundo de la tierra. 16Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas. 17¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos! 18Si los enumero, se multiplican más que la arena; despierto, y aún estoy contigo. 19De cierto, oh Dios, matarás al impío; ¡apartaos, pues, de mí, hombres sanguinarios! 20Porque blasfeman contra ti; tus enemigos toman tu nombre en vano. 21¿No odio, oh Yahvé, a los que te aborrecen? ¿Y no me enardezco contra los que se levantan contra ti? 22Los aborrezco por completo; los tengo por enemigos. 23Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; 24y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno.
Salmos 139:7–24 · SBLM

Contexto

El encabezado del Salmo 139 lo atribuye a David, rey que vivió alrededor del año 1000 a. C. Los títulos de los salmos son antiguos, aunque no se sabe con certeza cuándo se añadieron. Es una de las oraciones más personales del libro. El salmista medita en tres verdades sobre Dios: Él lo sabe todo de nosotros (vv. 1-6), está presente en todo lugar (vv. 7-12) y nos formó desde el vientre (vv. 13-18). Pero no hace teoría: se lo dice todo directamente a Dios, en segunda persona.

Los versos 19 a 22 sorprenden al lector de hoy: el salmista espera que Dios mate al impío y dice que aborrece a los malvados «por completo». Los textos así se llaman imprecatorios: oraciones que entregan a Dios la indignación ante el mal, en lugar de ejecutar la venganza con las propias manos. Y justo después de ese desahogo, vuelve la mirada hacia dentro. Quien acaba de hablar de los malos pide: «ve si hay en mí camino de perversidad». El examen comienza por el propio corazón.

Lo que dice el texto

Reflexión

Hay una diferencia enorme entre ser vigilado y ser conocido. Ser vigilado da miedo; ser conocido por quien nos ama da descanso. El Salmo 139 comienza con algo que podría asustar: Dios conoce nuestro sentarnos y nuestro levantarnos, cada palabra antes de que sea dicha, cada camino. El salmista incluso imagina huir: a los cielos, al Seol, al extremo del mar, a lo más profundo de las tinieblas. Pero en cada escondite encuentra lo mismo: «aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra». La mano que lo encuentra no es la de un carcelero; es la de un guía.

Después vuelve todavía más atrás, al vientre de su madre: «tú me entretejiste en el vientre de mi madre». El verbo recuerda el trabajo paciente de quien teje una tela hilo por hilo. Para quien se siente un error, una casualidad o una carga, esto es suelo firme: antes de que tuvieras una historia, alguien ya te miraba con cuidado. El salmista no concluye con orgullo, sino con gratitud: «Te alabaré, porque formidables, maravillosas son tus obras».

Luego vienen los versos duros, en los que pide la muerte de los impíos. No necesitamos esconder este pasaje. Muestra a alguien siendo honesto con Dios sobre su propia indignación ante la violencia. Pero fíjate en el movimiento siguiente. El hombre que acaba de señalar a los malos se detiene y pide: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos». Es fácil ver el camino de perversidad en los demás y difícil verlo en nosotros. La oración más valiente del salmo no es contra los enemigos; es a favor de la verdad sobre sí mismo.

Pedirle a Dios que examine el corazón solo es soportable porque quien examina es el mismo que teje, guía y sostiene. No es un examen para humillar, sino para sanar y conducir: «guíame en el camino eterno». El Nuevo Testamento lleva esto más lejos. En Cristo, Dios no solo nos conoce por completo; se acerca a nosotros por completo. Y la primera carta de Juan afirma que, si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar (1 Juan 1:9). Lo que se trae a la luz puede ser perdonado; lo que queda escondido sigue hiriéndonos.

Tal vez tengas un área de tu vida que evitas abrir delante de Dios: un resentimiento, un hábito, una herida antigua, una duda que te avergüenza admitir. No necesitas tenerlo todo resuelto para orar. Basta con hacer lo que hizo el salmista: abrir la puerta y decir: Señor, mira aquí también. Él ya lo sabe. La diferencia es que ahora ya no estás huyendo.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: Si permitiera que Dios examinara un pensamiento que se repite en mí, ¿cuál sería, y hacia dónde me ha llevado ese camino?

Oración

Señor, tú me has examinado y me conoces. Tú me entretejiste en el vientre de mi madre, y no hay lugar donde yo esté lejos de tu presencia. Confieso que muchas veces me escondo de ti y que veo con facilidad el mal en los demás mientras protejo mi propio corazón. Hoy abro las puertas que mantuve cerradas. Examíname, prueba mis pensamientos, muéstrame si hay en mí camino de perversidad. Perdóname en Cristo y guíame en el camino eterno. Amén.

Para memorizar: Salmos 139:23
Paso para hoy: En las próximas 24 horas, comparte con una persona de confianza un área en la que quieres crecer y pídele que ore por ti.

Para profundizar: lee Salmos 139; Salmos 51 y conoce a David.

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