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Contexto histórico

Los zelotes y las revueltas

De la espada a la caída de Jerusalén

Del censo del 6 d. C. a la caída de Jerusalén en el 70 y de Masada, la resistencia armada contra Roma creció hasta volverse guerra — el trasfondo de las palabras de Jesús sobre la espada y la paz.

El celo de Finees y de los macabeos

Para entender a los zelotes hay que volver a héroes antiguos. El libro de Números cuenta que Finees, nieto de Aarón, actuó con celo por Dios contra la idolatría y fue elogiado por ello (Números 25:11). Siglos después, en el 167 a. C., cuando el rey seléucida Antíoco IV profanó el Templo y prohibió la circuncisión y el sábado, el sacerdote Matatías, de Modín, mató a un judío que iba a ofrecer un sacrificio pagano y también al oficial del rey, y llamó a las montañas a todos los que tuvieran celo por la Ley (1 Macabeos 2). Sus hijos, los macabeos, vencieron, purificaron el Templo en el 164 a. C., origen de la fiesta de Janucá, y fundaron la dinastía asmonea. Ese recuerdo seguía vivo en tiempos de Jesús: Dios ya había liberado a su pueblo de un imperio pagano por la espada. Muchos se preguntaban si no haría lo mismo con Roma. El celo podía significar devoción ardiente, pero también la disposición a matar y morir por la pureza de Israel.

Judas el Galileo y la “cuarta filosofía”

Cuando Judea se convirtió en provincia romana, en el 6 d. C., el censo de Quirinio encendió la mecha. Judas, llamado el Galileo, junto con un fariseo llamado Sadoc, enseñó que pagar tributo a Roma era aceptar la esclavitud y que Israel no debía tener otro señor que Dios. Josefo llama a este movimiento la ‘cuarta filosofía’, junto a fariseos, saduceos y esenios, y lo culpa de las desgracias que vendrían (Antigüedades 18.4-10 y 18.23-25). La revuelta de Judas fue aplastada, como recuerda Gamaliel en Hechos 5:37, pero las ideas quedaron en la familia. Dos hijos de Judas, Jacobo y Simón, fueron crucificados hacia el 46 a 48 d. C.; otro descendiente, Menajem, tomó Masada en el 66; y Eleazar ben Yair, pariente suyo, comandó la fortaleza hasta el final. Por eso la pregunta sobre el impuesto a César, hecha a Jesús, no era abstracta: tocaba un punto que ya había costado muchas vidas.

¿Quiénes eran los “zelotes”?

La palabra exige cuidado. Josefo solo usa ‘zelotes’ como nombre de un partido organizado durante la guerra del 66 al 70, para una facción de Jerusalén encabezada en buena parte por sacerdotes. Antes de eso, ‘zelote’ podía significar simplemente alguien celoso de la Ley; Pablo, por ejemplo, dice que fue sumamente celoso de las tradiciones de sus antepasados (Gálatas 1:14). Por eso los estudiosos debaten qué significaba llamar a uno de los Doce Simón el Zelote. Pudo haber pertenecido a un círculo de resistencia contra Roma, o pudo ser conocido solo por su fervor religioso. De cualquier modo, el detalle es notable: en el mismo grupo de discípulos estaban Mateo, que había cobrado impuestos dentro del sistema, y Simón, cuyo apodo recordaba el rechazo a ese sistema. Jesús llamó a los dos. La comunidad que formó no se organizaba según la línea que separaba a colaboradores y rebeldes, sino por la lealtad a él.

Sicarios y profetas en el desierto

En los años 50, bajo el gobernador Félix, surgió un grupo más radical: los sicarios, nombre derivado de sica, la pequeña daga curva que escondían bajo la ropa. Se mezclaban con las multitudes, sobre todo en las fiestas de Jerusalén, y mataban a adversarios, principalmente judíos de la élite vistos como colaboradores. La primera víctima, según Josefo, fue el ex sumo sacerdote Jonatán (Guerra de los judíos 2.254-257). Al mismo tiempo aparecieron profetas que prometían señales de liberación. Teudas llevó seguidores al Jordán, diciendo que dividiría sus aguas, y fue decapitado bajo el gobernador Fado, hacia el 45 d. C. Un profeta venido de Egipto reunió gente en el desierto y marchó hacia el monte de los Olivos, anunciando que las murallas caerían; Félix atacó, y él huyó. Josefo habla de 30 mil seguidores, cifra probablemente inflada; en Hechos, el comandante romano habla de 4 mil. Cuando ese oficial confunde a Pablo con el egipcio (Hechos 21:38), vemos el clima de sospecha de la época.

La guerra del 66 al 70

La chispa llegó en el 66 d. C. El gobernador Floro sacó 17 talentos del tesoro del Templo, y las protestas fueron reprimidas con violencia (Guerra de los judíos 2.293-308). Poco después, Eleazar, capitán del Templo e hijo de un ex sumo sacerdote, convenció a los sacerdotes de no aceptar más ofrendas de extranjeros, lo que suspendía los sacrificios en favor del emperador: en la práctica, una declaración de guerra. La guarnición romana de Jerusalén fue masacrada, y el gobernador de Siria, Cestio Galo, que llegó con una legión y refuerzos, tuvo que retirarse y sufrió una dura derrota en la bajada de Bet-horón. Nerón envió entonces al general Vespasiano, que en el 67 reconquistó Galilea. El comandante judío de la región, un joven sacerdote llamado José, se rindió en Jotapata y se pasó al lado romano: es el historiador Flavio Josefo. Mientras tanto, en Jerusalén, las facciones de Juan de Giscala, de Simón bar Giora y de los zelotes luchaban entre sí y llegaron a quemar las reservas de grano de la ciudad.

La caída de Jerusalén

En el 69, Vespasiano se convirtió en emperador, y su hijo Tito asumió el asedio en la primavera del 70, con cuatro legiones. La ciudad estaba llena de peregrinos de la Pascua, y el hambre se extendió. Los romanos rodearon Jerusalén con un muro, tomaron las murallas una a una y, en agosto del 70, el Templo fue incendiado. Josefo, que observaba desde el lado romano, dice que Tito quería salvar el edificio; otro autor antiguo sugiere lo contrario, y la cuestión se debate. Josefo habla de más de un millón de muertos y 97 mil prisioneros (Guerra de los judíos 6.420); los historiadores consideran exagerada la primera cifra, pero la catástrofe fue inmensa. En Roma, el Arco de Tito todavía muestra a soldados cargando el candelabro de siete brazos del Templo. El impuesto que los judíos pagaban al Templo pasó a cobrarse para el templo de Júpiter en Roma. Eusebio registra la tradición de que los cristianos de Jerusalén, advertidos, habían partido hacia Pela, al otro lado del Jordán.

Masada y el camino de Jesús

El último foco de resistencia fue Masada, el palacio fortaleza de Herodes junto al mar Muerto, ocupado por los sicarios de Eleazar ben Yair. En el 73 o 74 d. C., el gobernador Flavio Silva cercó el peñasco con la Décima Legión y construyó una enorme rampa. Josefo cuenta que, en la víspera del asalto final, los defensores eligieron morir por su propia mano y que murieron 960 personas, quedando con vida dos mujeres y cinco niños (Guerra de los judíos 7.389-406). Las excavaciones de Yigael Yadin, de 1963 a 1965, confirmaron el asedio, la rampa y los campamentos romanos; el relato del suicidio colectivo es aceptado por muchos y cuestionado por otros. En este escenario, las decisiones de Jesús cobran relieve. Rechazó que lo hicieran rey por la fuerza (Juan 6:15), mandó a Pedro guardar la espada, dijo que su Reino no era de este mundo (Juan 18:36) y lloró por Jerusalén, previendo el asedio. Murió en lugar de Barrabás, un insurgente, entre dos hombres condenados como él. Venció de otro modo.

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