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Contexto histórico

Dinero, trabajo y economía

Denarios, deudas y el pan de cada día

Un denario pagaba un día de trabajo en el campo; la viuda dio dos moneditas de bronce. Conocer las monedas, los salarios y las deudas del siglo I cambia la lectura de las parábolas.

Tres sistemas de monedas en el bolsillo

En la Judea y la Galilea del siglo I circulaban monedas de tres orígenes. Estaban las romanas, como el denario de plata, con la imagen del emperador, y el as y el cuadrante, de bronce. Estaban las monedas de plata griegas y fenicias, como la dracma, la didracma y el tetradracma de Tiro, también llamado siclo de Tiro, famoso por la buena calidad de su plata. Y estaban las pequeñas monedas locales de bronce, acuñadas por Herodes, por sus hijos y por los prefectos romanos, que los judíos llamaban prutá y el Nuevo Testamento llama lepton. Por respeto a la prohibición de imágenes, esas monedas mostraban plantas, cornucopias, anclas u objetos, nunca un rostro humano. La gran excepción fue el tetrarca Filipo, que gobernaba una población en buena parte no judía y puso en sus monedas el rostro de Augusto, de Tiberio y hasta el suyo propio. Con tantas monedas distintas, los cambistas eran indispensables, y cobraban una pequeña comisión por cada cambio.

Un denario por día

La parábola de los obreros de la viña habla de un denario por día de trabajo (Mateo 20:2). Parece haber sido un jornal común para un trabajador manual del campo; textos rabínicos posteriores mencionan montos parecidos, aunque los salarios variaban según la región y la época. Con esa referencia, muchas cifras de los Evangelios cobran peso. Los discípulos calculan que doscientos denarios de pan no alcanzarían para la multitud (Marcos 6:37): casi siete meses de trabajo. El perfume derramado sobre Jesús valía más de trescientos denarios (Marcos 14:5), cerca de un año de salario, descontando sábados y fiestas. El samaritano de la parábola deja dos denarios al mesonero, quizá suficiente para varios días de hospedaje. Y el jornalero, contratado por la mañana y pagado al final del día, dependía de esa moneda para comprar el pan de su familia. Por eso la Ley mandaba pagar al trabajador pobre el mismo día, antes de la puesta del sol (Deuteronomio 24:14-15).

El dinero del Templo

El Templo era también el gran centro financiero de Judea. Todo varón judío adulto debía pagar, una vez al año, medio siclo para el culto, con base en Éxodo 30:13-15, y judíos de todo el imperio enviaban esas contribuciones a Jerusalén. La Mishná dice que el pago debía hacerse en moneda de Tiro (Bekhorot 8:7), por la pureza de la plata, aunque esas monedas llevaban la cabeza del dios Melqart y un águila. De ahí los cambistas: según la Mishná, sus mesas se instalaban en las provincias el día 15 del mes de Adar y en el Templo el día 25 (Shekalim 1:3). En Capernaúm, los cobradores preguntan si Jesús paga la didracma, es decir, el medio siclo; la moneda hallada en el pez, un estatero, valía cuatro dracmas y pagaba por dos. En los atrios del Templo había trece cofres de ofrendas en forma de trompeta, cada uno con su destino (Shekalim 6:5), y en uno de ellos una viuda dejó dos moneditas.

Tierra, trabajo y deuda

La economía de Galilea era agraria. La mayoría eran pequeños propietarios, arrendatarios, jornaleros o esclavos, y una élite reducida concentraba las mejores tierras, muchas veces viviendo lejos de ellas. Las parábolas reflejan ese mundo: el dueño de la viña que la arrienda a labradores y se va de viaje (Marcos 12:1), el administrador que renegocia deudas de aceite y trigo, el siervo que no puede pagar. Una mala cosecha llevaba al préstamo, y el préstamo podía llevar a perder la tierra o a la esclavitud por deudas, como el siervo al que el rey manda vender con su familia (Mateo 18:25). La Ley preveía el perdón de las deudas en el año sabático, pero, según la Mishná, el maestro Hillel creó el prosbul, un documento que permitía cobrar después del séptimo año, para que los ricos no dejaran de prestar (Sheviit 10:3-4). La tensión era real: en el 66 d. C., una de las primeras acciones de los rebeldes en Jerusalén fue quemar los archivos públicos donde estaban registradas las deudas (Guerra de los judíos 2.427).

Los números de las parábolas

Jesús usaba cifras que sus oyentes entendían al instante. Un talento equivalía a unos 6 mil denarios, cerca de veinte años de trabajo de un jornalero. El siervo de la parábola debía diez mil talentos, algo así como sesenta millones de denarios: una suma absurda a propósito. Para comparar, Josefo dice que Herodes Antipas recibía de Galilea y Perea juntas unos 200 talentos al año (Antigüedades 17.318). El compañero debía cien denarios, unos tres o cuatro meses de trabajo: una deuda seria, pero pagable. El contraste muestra el tamaño del perdón recibido y la mezquindad de quien no perdona. La mujer que pierde una dracma de diez busca con lámpara y escoba porque valía cerca de un día de trabajo, quizá parte de los ahorros de la casa. Y las treinta monedas de plata pagadas a Judas, probablemente siclos de Tiro, recuerdan el valor de un esclavo en la Ley (Éxodo 21:32) y el salario despreciable de Zacarías 11:12.

El dinero en la comunidad de Jesús

Jesús habló de dinero más de lo que muchos esperan: de la imposibilidad de servir a Dios y a las riquezas, del tesoro en el cielo, de la generosidad con quien no puede devolver. La iglesia primitiva lo tomó en serio. En Jerusalén, los que tenían tierras o casas las vendían y traían el dinero a los apóstoles, para que nadie pasara necesidad (Hechos 4:34-35). Cuando una gran hambruna azotó Judea en el reinado de Claudio, hacia el 46 a 48 d. C., hecho que también menciona Josefo, los cristianos de Antioquía enviaron ayuda por medio de Bernabé y Saulo (Hechos 11:28-30). Años después, Pablo organizó en las iglesias de Galacia, Macedonia y Acaya una colecta para los pobres de Jerusalén, pidiendo que cada uno apartara algo el primer día de la semana (1 Corintios 16:1-3). En un mundo donde las deudas esclavizaban y los pobres eran invisibles, la comunidad de Jesús hizo del dinero un instrumento de comunión.

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