Cuenta lo que Dios hizo
Una enseñanza para los padres · Salmos 78:1–7
1Escucha mi enseñanza, pueblo mío; inclina tu oído a las palabras de mi boca. 2Abriré mi boca en parábola; pronunciaré dichos oscuros de la antigüedad, 3que hemos oído y conocido, y que nuestros padres nos han contado. 4No los ocultaremos a sus hijos, contando a la generación venidera las alabanzas de Yahvé, su poder y las maravillas que ha hecho. 5Porque él estableció un testimonio en Jacob, y puso una ley en Israel, la cual mandó a nuestros padres que la dieran a conocer a sus hijos; 6para que lo sepa la generación venidera, los niños que han de nacer; y los que se levanten lo cuenten a sus hijos, 7a fin de que pongan en Dios su confianza, y no se olviden de las obras de Dios, sino que guarden sus mandamientos;
Contexto
El Salmo 78 se atribuye a Asaf, uno de los músicos del templo en los días de David. Es un largo poema que vuelve a contar la historia de Israel: el éxodo, el desierto, las rebeldías del pueblo y la fidelidad de Dios. Fue escrito para cantarse en público, como memoria colectiva. Los primeros versículos explican por qué contar historias antiguas: para que ninguna generación crezca sin saber lo que Dios hizo.
Lo que enseña la Biblia
El salmo piensa en cuatro generaciones a la vez: los padres que contaron (v. 3), los que ahora escuchan, los hijos y «los niños que han de nacer» (v. 6). Cuando les cuentas a tus hijos lo que Dios hizo, también estás hablando con nietos y bisnietos que todavía no existen. La fe bíblica pasa como herencia de familia.
Fíjate en el contenido: «las alabanzas de Yahvé, su poder y las maravillas que ha hecho». El centro no son las reglas de la casa, sino las obras de Dios. Reglas sin historia suenan arbitrarias; historia sin práctica se queda en recuerdo. Y el salmo es honesto: el resto de él cuenta también los fracasos del pueblo. Contarles a tus hijos en qué te equivocaste y cómo Dios fue fiel enseña más que una biografía sin manchas.
El objetivo aparece en el v. 7: «a fin de que pongan en Dios su confianza», y no en el padre. El padre no es el héroe de la historia; es el narrador que señala a otro. Eso quita un peso enorme de los hombros, sobre todo a quien cría solo o llegó tarde a la fe. Nunca es tarde para empezar a contar.
En la práctica
En una comida de esta semana, cuéntales a tus hijos una historia real en la que Dios te ayudó y otra en la que te equivocaste y fuiste perdonado. Anótenlas en un cuaderno de la familia.
Para conversar
¿Qué historia de nuestra familia les gustaría que sus hijos conocieran algún día?
Oración
Señor, no quiero esconder de mis hijos lo que hiciste. Dame memoria, palabras sencillas y honestidad para contar mis caídas y tu fidelidad. Que ellos y sus hijos pongan su esperanza en ti, y no en mí. Amén.