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Familia · para las madres

El Dios que ve a la madre sola

Una enseñanza para las madres · Génesis 21:14–19

14Entonces Abraham se levantó muy de mañana, tomó pan y un odre de agua, y se lo dio a Agar, poniéndolo sobre su hombro, y le entregó al muchacho, y la despidió. Y ella partió y anduvo errante por el desierto de Beerseba. 15Y faltó el agua del odre, y echó al muchacho debajo de un arbusto, 16y se fue y se sentó enfrente, a distancia de un tiro de arco; porque decía: «No veré cuando el muchacho muera». Y cuando ella se sentó enfrente, el muchacho alzó su voz y lloró. 17Y oyó Dios la voz del muchacho; y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo, y le dijo: «¿Qué tienes, Agar? No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está. 18Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano, porque yo haré de él una gran nación». 19Entonces Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua; y fue y llenó el odre de agua, y dio de beber al muchacho.
Génesis 21:14–19 · SBLM

Contexto

Agar era una sierva egipcia que Sara le dio a Abraham para tener un hijo, una costumbre de la época. Nació Ismael. Años después, con el nacimiento de Isaac, el conflicto en casa crece, y Abraham despide a Agar y al muchacho con pan y un odre de agua. No era la primera vez que ella estaba sola en el desierto: en Génesis 16:13, había llamado al Señor el Dios que ve.

Lo que enseña la Biblia

Agar es quizá el retrato más crudo de una madre sola en la Biblia: despedida, con poco, responsable sola de un hijo en un lugar sin recursos. Cuando se acaba el agua, deja al muchacho debajo de un arbusto, se aleja y llora: «No veré cuando el muchacho muera». Aquí no hay una frase religiosa bonita. Hay desesperación, y la Biblia no la esconde.

Dios responde de una manera sorprendente: oye «la voz del muchacho» y le habla a la madre. La primera pregunta es personal: «¿Qué tienes, Agar?». La llama por su nombre, a ella, que para los demás era solo la sierva. Después viene una orden: «Levántate, alza al muchacho, y sostenlo con tu mano». Dios no reemplaza a la madre; le devuelve la fuerza para volver a sostener a su hijo.

Y entonces: «Dios le abrió los ojos, y vio un pozo de agua». Tal vez el pozo ya estaba allí; ella no lograba verlo. Muchas madres solas están demasiado agotadas para ver la ayuda posible: un derecho, un pariente, una iglesia, un servicio público. Parte del cuidado de Dios es abrir los ojos. Y parte de la misión de la iglesia es ser ese pozo, sin juzgar.

En la práctica

Haz una lista de tres fuentes de ayuda disponibles (personas, servicios, iglesia) y busca una de ellas esta semana. Si conoces a una madre sola, ofrécele algo concreto: una tarde, llevarla en el auto, una comida.

Para conversar

¿Quién ya fue un pozo en el desierto para nuestra familia, y para quién podemos serlo nosotros?

Oración

Dios que ves y oyes, hay días en que me siento sola en el desierto. Llámame por mi nombre, abre mis ojos a la ayuda que ya existe y dame fuerza para sostener a mis hijos de la mano. Y haz de mí un pozo para otra madre. Amén.

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