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Devocional

Un tiempo para todo

Devocional del 17 de octubre · Eclesiastés 3:1 · 12 min de lectura

1Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora: 2tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; 3tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar; 4tiempo de llorar, y tiempo de reír; tiempo de endechar, y tiempo de bailar; 5tiempo de esparcir piedras, y tiempo de juntar piedras; tiempo de abrazar, y tiempo de abstenerse de abrazar; 6tiempo de buscar, y tiempo de perder; tiempo de guardar, y tiempo de desechar; 7tiempo de rasgar, y tiempo de coser; tiempo de callar, y tiempo de hablar; 8tiempo de amar, y tiempo de aborrecer; tiempo de guerra, y tiempo de paz. 9¿Qué provecho saca el que trabaja de aquello en que se afana? 10Yo he visto el penoso afán que Dios ha dado a los hijos de los hombres para que se ocupen en él. 11Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y aun ha puesto la eternidad en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin. 12Yo he conocido que no hay para ellos cosa mejor que alegrarse y hacer bien en su vida; 13y también que es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce del bien de toda su labor. 14He entendido que todo lo que Dios hace será perpetuo; sobre aquello no se añadirá, ni de ello se disminuirá; y lo hace Dios para que delante de él teman los hombres. 15Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo pasado.
Eclesiastés 3:1–15 · SBLM

Contexto

Eclesiastés es uno de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. El autor se presenta como el «Predicador, hijo de David, rey en Jerusalén» (1:1). En hebreo, el título es Qohélet, alguien que reúne una asamblea para enseñar. La tradición asocia el libro con Salomón, pero la autoría y la fecha se debaten; muchos estudiosos lo sitúan probablemente entre los siglos V y III a. C. El libro observa la vida «bajo el sol», es decir, tal como aparece en la experiencia humana común.

La palabra clave del libro, traducida como vanidad, significa literalmente vapor o soplo: algo real, pero que no se puede retener. El capítulo 3 se abre con un poema de pares opuestos que abarca toda la vida, del nacimiento a la muerte, de la guerra a la paz. Enseguida, el Predicador plantea la dura pregunta del v. 9 sobre el provecho de tanto afán y responde no con una fórmula, sino con fe: Dios hace todo hermoso en su tiempo, aunque el ser humano no vea el cuadro completo.

Lo que dice el texto

Reflexión

Quien lee Eclesiastés 3 por primera vez suele esperar un poema de consuelo. Pero la lista del Predicador incomoda. Pone lado a lado nacer y morir, abrazar y abstenerse de abrazar, amar y aborrecer. El texto no dice que cada una de esas etapas sea agradable, ni que debamos disfrutarlas todas. Solo dice que existen y que tienen su tiempo. Eso ya es un alivio para quien atraviesa un duelo o una pérdida: la Biblia no te pide que finjas que es tiempo de bailar cuando es tiempo de llorar.

El punto de giro está en el v. 11. Después de preguntar qué provecho hay en tanto afán, el Predicador afirma que Dios «todo lo hizo hermoso en su tiempo». La palabra es hermoso, no fácil. Y en la misma frase dice que Dios ha puesto «la eternidad en el corazón de ellos». Somos criaturas que viven dentro del tiempo, pero sienten hambre de algo que perdure. Por eso ninguna etapa nos satisface por completo, y por eso sufrimos cuando no entendemos el sentido de lo que vivimos. El texto es honesto: el hombre no alcanza a entender la obra de Dios desde el principio hasta el fin. Tú ves un tramo del tejido, no el diseño entero.

Esto cambia la forma de atravesar una espera. Eclesiastés no ofrece una explicación para cada dolor, ni promete que la próxima estación será mejor en una fecha fija. Lo que ofrece es una dirección. Frente a lo que no controlamos, los v. 12 y 13 señalan dos cosas sencillas: alegrarse y hacer bien mientras se vive, y recibir el pan de cada día como don de Dios. No es resignación. Es fidelidad en el pedazo de tiempo que está en tus manos. El v. 14 añade la razón: todo lo que Dios hace será perpetuo, y lo hace «para que delante de él teman los hombres», es decir, para que vivamos con reverencia y confianza, y no con la ilusión de control.

Para quien conoce el Nuevo Testamento, esta tensión entre tiempo y eternidad cobra un rostro. Pablo escribe que Dios envió a su Hijo cuando llegó el cumplimiento del tiempo (Gálatas 4:4). El Dios que gobierna las estaciones entró en una de ellas: nació, trabajó, lloró, murió y resucitó. Eso no responde a todos nuestros porqués, pero muestra que el tiempo no es un engranaje indiferente. Está en las manos de alguien que lo atravesó por nosotros.

Tal vez estés en un tiempo de destruir, de callar o de perder. No necesitas apresurar la estación ni fingir que vives otra. Pregúntate, más bien, qué significa hacer el bien dentro de ella. Puede ser poco: una comida con gratitud, una conversación honesta, un trabajo bien hecho. Es en ese poco donde la fe aprende a confiar en que el diseño entero está en manos de Dios.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: Si pudiera ponerle nombre a la estación que estoy viviendo, ¿cuál sería? ¿Y qué significa hacer el bien dentro de ella?

Oración

Dios eterno, tú hiciste todo hermoso en su tiempo y pusiste la eternidad en mi corazón. Te adoro porque todo el tiempo está en tus manos. Confieso que muchas veces quiero entenderlo todo y controlar cada etapa, y me angustio cuando no veo el final. Te entrego esta estación, con lo que tiene de difícil. Enséñame a alegrarme y a hacer el bien mientras vivo, a recibir el pan de hoy como don tuyo y a vivir delante de ti con reverencia. Por Jesús, que entró en nuestro tiempo por amor. Amén.

Para memorizar: Eclesiastés 3:11
Paso para hoy: En las próximas 24 horas, escribe en una frase en qué tiempo estás y elige un bien concreto para hacer dentro de él.

Para profundizar: lee Eclesiastés 3–5 y conoce a Salomón.

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