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Devocional

Tu fidelidad alcanza hasta las nubes

Devocional del 20 de noviembre · Salmos 36:5 · 12 min de lectura

1La iniquidad del impío me dice al corazón: «No hay temor de Dios delante de sus ojos». 2Se lisonjea, por tanto, en sus propios ojos, de que su iniquidad no será hallada y aborrecida. 3Las palabras de su boca son iniquidad y fraude; ha dejado de ser cuerdo y de hacer el bien. 4Medita iniquidad sobre su lecho; se pone en camino no bueno, y el mal no aborrece. 5Oh Yahvé, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. 6Tu justicia es como los montes de Dios, tus juicios, abismo grande. Oh Yahvé, al hombre y al animal conservas. 7¡Cuán preciosa, oh Dios, es tu misericordia! Por eso los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas. 8Serán completamente saciados de la abundancia de tu casa, y tú los abrevarás del torrente de tus delicias. 9Porque contigo está el manantial de la vida; en tu luz veremos la luz. 10Extiende tu misericordia a los que te conocen, y tu justicia a los rectos de corazón. 11No venga pie de soberbia contra mí, y mano de impíos no me mueva. 12Allí cayeron los hacedores de iniquidad; fueron derribados, y no podrán levantarse.
Salmos 36:1–12 · SBLM

Contexto

El Salmo 36 se atribuye a David, llamado en el título “siervo de Yahvé”, una expresión poco común en los títulos de los salmos (aparece también en el Salmo 18). Es un salmo corto, pero con un movimiento marcado. Comienza describiendo por dentro a la persona que se ha alejado de Dios: no tiene temor de Dios, se engaña sobre su propio pecado, trama el mal incluso en su cama (v. 1–4). No sabemos en qué momento de la vida de David fue escrito.

De repente, sin transición, el salmista levanta los ojos (v. 5). Sale del cuarto oscuro del impío y contempla el cielo, las nubes, los montes y el abismo. Todo eso sirve para medir el carácter de Dios: misericordia, fidelidad, justicia, juicios. La palabra “misericordia” traduce aquí el hebreo hesed, el amor leal del pacto que no abandona. El salmo termina en oración: que ese amor continúe y que la soberbia no derribe a quien confía (v. 10–12).

Lo que dice el texto

Reflexión

Fíjate en el orden del salmo. David no empieza con las nubes. Empieza con el mal. Mira con atención a la persona que no teme a Dios y describe el proceso: primero deja de tomar a Dios en serio, después empieza a creerse demasiado buena para ver su propio pecado, y entonces trama el mal incluso acostada en su cama. La Biblia no es ingenua. Sabe que el mal existe, que es pensado y que a veces parece ganar.

Y es justo en medio de esa descripción sombría donde surge el versículo 5: “Oh Yahvé, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes.” El salmista no niega lo que vio. Pone el mal al lado de una realidad mayor. Es como salir de un cuarto sofocante y mirar el cielo abierto. El mal cabe en un cuarto; el amor de Dios llena el cielo. Su fidelidad no se mide por el tamaño de nuestras crisis, sino por el tamaño de la creación.

La palabra hebrea detrás de “misericordia” es hesed. Describe el amor de quien asumió un compromiso y lo mantiene, aun cuando el otro falla. Es la palabra que aparece en Lamentaciones 3:22, cuando el profeta, en medio de las ruinas de Jerusalén, recuerda que las misericordias del Señor no se acaban. La fidelidad, aquí, no es una cualidad abstracta; es Dios siendo el mismo con su pueblo a lo largo del tiempo. Él no cambia de opinión sobre los que se refugian en él.

El salmo también muestra a quién se ofrece ese amor: “los hijos de los hombres se amparan bajo la sombra de tus alas” (v. 7). La imagen es la de un ave que protege a sus crías. Jesús usó una figura parecida cuando lloró sobre Jerusalén, diciendo que quiso juntar a sus hijos como la gallina junta a sus polluelos (Mateo 23:37). Y el versículo 9 habla del manantial de la vida y de la luz. Los cristianos leen esto a la luz del Evangelio de Juan, que presenta a Jesús como aquel en quien estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Juan 1:4). Es una lectura cristiana que ilumina el salmo sin borrar su sentido original.

Quizá hoy estás atrapado en la primera parte del salmo: mirando la injusticia, a la persona que te hirió, o incluso tu propio corazón engañado. La invitación del texto no es fingir que eso no existe, sino levantar los ojos. Fidelidad no significa que Dios va a resolverlo todo como tú quieres. Significa que su amor no retrocede. Mira el cielo hoy, literalmente, y recuerda que es pequeño al lado de la fidelidad de Dios.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: ¿Dónde has visto la fidelidad de Dios recientemente? Escribe una situación concreta, aunque sea pequeña, y lo que revela sobre su carácter.

Oración

Oh Yahvé, hasta los cielos llega tu misericordia, y tu fidelidad alcanza hasta las nubes. Al hombre y al animal conservas, y contigo está el manantial de la vida. Confieso que muchas veces me quedo atrapado mirando el mal, las injusticias y mis propios errores, y me olvido de levantar los ojos hacia ti. Te entrego lo que me asusta y lo que me indigna. Guárdame bajo la sombra de tus alas, dame de beber de tu manantial y enséñame a ver la vida en tu luz. En el nombre de Jesús, Amén.

Para memorizar: Salmos 36:5
Paso para hoy: En las próximas 24 horas, sal al aire libre unos minutos, mira el cielo y ora en voz baja el Salmo 36:5-9.

Para profundizar: lee Salmos 36–37 y conoce a David.

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