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Devocional

Sal de la tierra, luz del mundo

Devocional del 29 de octubre · Mateo 5:16 · 12 min de lectura

1Al ver las multitudes, subió al monte. Cuando se sentó, sus discípulos se acercaron a él. 2Abrió la boca y les enseñó, diciendo, 3“Benditos sean los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 4Benditos sean los que lloran, porque serán consolados. 5Benditos sean los mansos, porque ellos heredarán la tierra. 6Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. 7Benditos sean los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. 8Benditos sean los puros de corazón, porque verán a Dios. 9Benditos sean los pacificadores, porque serán llamados hijos de Dios. 10Benditos sean los que han sido perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. 11“Benditos sois cuando os reprochen, os persigan y digan toda clase de mal contra vosotros con falsedad, por mi causa. 12Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa es grande en el cielo. Porque así persiguieron a los profetas que os precedieron. 13“Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal ha perdido su sabor, ¿con qué se salará? Entonces no sirve para nada, sino para ser arrojada y pisoteada por los hombres. 14Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad situada en una colina no se puede ocultar. 15Tampoco se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre un candelero; y brilla para todos los que están en la casa. 16Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.
Mateo 5:1–16 · SBLM

Contexto

Mateo 5 abre el Sermón del Monte, el mayor bloque de enseñanza de Jesús en el Evangelio de Mateo (capítulos 5 a 7). Estamos en Galilea, probablemente hacia el 28 a 30 d. C. Jesús ve a las multitudes, sube al monte, se sienta como un maestro de la época y comienza a enseñar a sus discípulos, con el pueblo escuchando alrededor. No eran personas influyentes: eran pescadores, campesinos, enfermos y endeudados, gente que vivía bajo el dominio de Roma y bajo el peso de muchas reglas religiosas.

El sermón comienza con las bienaventuranzas (v. 3-12), una lista de personas que nadie consideraría felices: los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los perseguidos. Justo después de advertir que sus seguidores serían insultados y perseguidos (v. 11-12), Jesús les dice quiénes son: sal y luz. En el mundo antiguo, la sal conservaba la comida y le daba sabor, y la luz de una casa sencilla venía de una pequeña lámpara de barro con aceite. Son imágenes de la vida diaria, no de escenario.

Lo que dice el texto

Reflexión

Hay una aparente contradicción en el Sermón del Monte. Aquí Jesús manda dejar que la luz brille delante de los hombres. Pocos párrafos después dice: «Tened cuidado de no hacer vuestras obras de justicia delante de los hombres, para ser vistos por ellos» (Mt 6:1). Entonces, ¿debemos mostrarnos o escondernos? La diferencia está en adónde va la mirada. En Mateo 6, la persona hace el bien para ser elogiada. En Mateo 5, la persona hace el bien y el elogio sube al Padre. La misma acción puede ser vitrina o ventana: la vitrina detiene la mirada en quien está expuesto; la ventana deja ver lo que hay más allá.

Fíjate también en quién escucha estas palabras. No es una élite espiritual, sino los pobres, los que lloran y los perseguidos de los versículos anteriores. Jesús no dice que serán luz cuando mejore su vida o cuando tengan una plataforma. Dice que ya lo son. Eso es un alivio para quien se siente demasiado pequeño para marcar una diferencia. La luz de una lámpara antigua era débil, pero en una casa oscura de una sola habitación bastaba para alumbrar a todos los que estaban allí. Tu casa, tu trabajo y tu calle son esa habitación.

Al mismo tiempo, el texto trae una advertencia seria. La sal que pierde su sabor no sirve para nada. Una fe que solo existe dentro del templo, pero que no cambia la manera en que hablamos, pagamos, perdonamos y tratamos a quien no puede devolvernos el favor, es como sal sin sabor. Todo el capítulo muestra cuáles son esas buenas obras: reconciliarse con el hermano (v. 24), cumplir la palabra (v. 37), amar al enemigo (v. 44). No son gestos grandiosos; son fidelidades comunes vistas de cerca.

¿Y de dónde viene esa luz? En el Evangelio de Juan, Jesús afirma ser la luz del mundo (Jn 8:12). Los discípulos no producen luz propia; reflejan la luz de quien los llamó. Por eso la buena obra apunta al Padre. Quien vive así no necesita demostrar nada, porque no está defendiendo su propia imagen. Y si tienes dudas sobre la fe, puedes empezar observando: ¿dónde has visto, en la vida de alguien, una bondad que solo tenía sentido por causa de Dios?

Tal vez hoy tu luz parezca poca. No hace falta aumentar el brillo; hace falta quitar el cesto de encima, el almud del versículo 15. A veces el cesto es el miedo a parecer religioso, a veces es el cansancio, a veces es una herida guardada. Un gesto concreto de bondad, hecho sin cobrar reconocimiento, ya es la lámpara sobre el candelero.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: ¿Qué cesto ha estado escondiendo tu luz: miedo, vergüenza, cansancio o una herida? Escribe sobre él y sobre lo que significaría dejarlo a un lado.

Oración

Padre que estás en los cielos, tú eres luz, y en Jesús tu luz entró en el mundo. Confieso que muchas veces escondo mi fe por miedo a lo que pensarán, y otras veces hago el bien buscando aplausos para mí. Perdona mi vanidad y mi omisión. Te entrego mi casa, mi trabajo y las personas que están cerca de mí. Quita el cesto de encima de la lámpara. Dame valor para hacer el bien con sencillez, y que quien vea mis obras te glorifique a ti, y no a mí. En el nombre de Jesús, Amén.

Para memorizar: Mateo 5:16
Paso para hoy: En las próximas 24 horas, elige a una persona cercana y haz por ella un gesto concreto de bondad, sin mencionarte a ti mismo ni esperar nada a cambio.

Para profundizar: lee Mateo 5–7 y conoce a Luz del Mundo.

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