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Devocional

Mirad qué gran amor

Devocional del 21 de noviembre · 1 Juan 3:1 · 12 min de lectura

1¡Mirad qué gran amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios! Por eso el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él. 2Amados, ahora somos hijos de Dios. Todavía no se ha revelado lo que seremos; pero sabemos que, cuando se revele, seremos como él, porque lo veremos tal como es. 3Todo el que tiene esta esperanza puesta en él se purifica, así como él es puro. 4Todo el que peca comete también transgresión de la ley. El pecado es transgresión de la ley. 5Sabéis que él se reveló para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él. 6Quien permanece en él no peca. Quien peca no lo ha visto y no lo conoce. 7Hijitos, que nadie os extravíe. El que hace la justicia es justo, como él mismo.
1 Juan 3:1–7 · SBLM

Contexto

La primera carta de Juan fue escrita probablemente a fines del siglo I (c. 85–100 d. C.) para iglesias sacudidas por una división. Algunos habían salido de la comunión llevando enseñanzas que confundían a los fieles sobre Jesús y sobre el pecado (2:19, 26). Juan, tradicionalmente identificado con el apóstol, escribe como un padre espiritual anciano, llamando a sus lectores “hijitos” y “amados”. Su objetivo es que sepan que tienen la vida eterna y vivan de acuerdo con ella.

El capítulo 3 comienza justo después de que Juan habla de haber “nacido de él” (2:29). El lenguaje de familia atraviesa toda la carta: Dios es Padre, los creyentes son hijos, los hermanos deben amarse. En este pasaje Juan une tres tiempos: lo que el Padre ya hizo (nos llamó hijos), lo que todavía no vemos (lo que seremos) y cómo vivimos mientras esperamos (purificándonos y practicando la justicia).

Lo que dice el texto

Reflexión

Juan no comienza con una orden, sino con asombro. “Mirad”, dice, como quien señala algo que no puede pasar desapercibido. Y lo que señala no es una experiencia espiritual extraordinaria, sino un hecho: el Padre nos ha dado amor al punto de que somos llamados hijos de Dios. En la Biblia, recibir un nombre no es solo recibir un apodo; es recibir una identidad. Y en el versículo siguiente Juan insiste en que esto no es solo una manera de hablar: “ahora somos hijos de Dios”.

Es interesante notar cómo el Nuevo Testamento describe esta filiación por dos caminos. Pablo usa el lenguaje de la adopción (Romanos 8:15; Gálatas 4:5): fuimos recibidos en una familia que no era la nuestra, con todos los derechos de hijo. Juan prefiere el lenguaje del nacimiento: quien cree ha “nacido de él” (2:29; Juan 1:12-13). Las dos imágenes se complementan. Por la adopción, Dios nos da un lugar legal en la familia. Por el nuevo nacimiento, nos da una vida nueva, parecida a la suya. No somos solo perdonados y dejados en la puerta; somos traídos dentro de la casa.

Juan también es honesto sobre el costo. “Por eso el mundo no nos conoce, porque no lo conoció a él.” Quien vive como hijo de Dios no siempre será comprendido, y Jesús tampoco lo fue. Esto libera de una trampa común: buscar en el aplauso de la gente la confirmación de quiénes somos. La identidad de hijo no viene de las redes, del currículum ni de la familia de origen. Viene de la palabra del Padre. Para quien creció sin padre, con un padre ausente o herido, esto puede ser difícil de recibir, y está bien ir despacio. El Padre del que habla Juan se conoce en Jesús, que acogió a niños, pecadores y rechazados.

Después Juan mira hacia adelante: “Todavía no se ha revelado lo que seremos”. La vida cristiana tiene un ya y un todavía no. Ya somos hijos; todavía no somos todo lo que seremos. La promesa es que, cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él. Juan no describe los detalles, y es sabio no inventar lo que él no dijo.

Por último, la esperanza cambia el presente. Quien sabe hacia dónde va empieza a prepararse: “se purifica, así como él es puro” (v. 3). La santidad aquí no es el precio para llegar a ser hijo, sino la consecuencia de ya serlo. Un hijo amado no obedece para ganarse la casa; obedece porque ya pertenece a ella. Hoy, antes de hacer cualquier cosa para Dios, recibe lo que Él dice sobre ti. Después, vive como alguien de la familia.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: ¿Cómo completarías la frase “Yo soy...” si solo pudieras usar lo que Dios dice sobre ti? Escribe qué cambia hoy en tu forma de vivir al saber que eres hijo o hija de Dios.

Oración

Padre, ¡qué gran amor me has dado! Tú me llamas hijo, y en Jesús realmente soy tuyo. Confieso que muchas veces busco mi identidad en lo que otros piensan, en lo que produzco o en las heridas de mi historia, y olvido lo que tú has dicho. Te entrego mi pasado y mi futuro, que todavía no se ha revelado. Enséñame a vivir como alguien de tu familia, a purificarme con esperanza y a amar a mis hermanos. En el nombre de Jesús, Amén.

Para memorizar: 1 Juan 3:1
Paso para hoy: En las próximas 24 horas, cuando te sientas menospreciado o comparado, repite en silencio “ahora somos hijos de Dios” y toma una decisión coherente con esa identidad.

Para profundizar: lee 1 Juan 3–4 y conoce a Nuevo Nacimiento.

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