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Devocional

Fiel para perdonar

Devocional del 18 de noviembre · 1 Juan 1:9 · 12 min de lectura

1Lo que era desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que vimos y nuestras manos tocaron, acerca de la Palabra de vida 2(y la vida se reveló, y hemos visto, y damos testimonio, y os anunciamos la vida, la vida eterna, que estaba con el Padre y se nos reveló); 3lo que hemos visto y oído os lo anunciamos, para que también tengáis comunión con nosotros. Sí, y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. 4Y os escribimos estas cosas para que se cumpla nuestro gozo. 5Este es el mensaje que hemos oído de él y que os anunciamos: que Dios es luz, y en él no hay ninguna oscuridad. 6Si decimos que tenemos comunión con él y caminamos en las tinieblas, mentimos y no decimos la verdad. 7Pero si andamos en la luz como él está en la luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado. 8Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros. 9Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y limpiarnos de toda maldad. 10Si decimos que no hemos pecado, lo hacemos mentiroso, y su palabra no está en nosotros.
1 Juan 1:1–10 · SBLM

Contexto

La primera carta de Juan se atribuye tradicionalmente al apóstol Juan y fue escrita probablemente a fines del siglo I (c. 85–100 d. C.), quizá para iglesias de la región de Éfeso. Las comunidades habían pasado por una división: un grupo se fue (2:19), llevando ideas que negaban la encarnación real de Jesús y restaban seriedad al pecado. Juan escribe como un pastor anciano, llamando a sus lectores “hijitos”, para que tengan certeza de la vida eterna y no sean engañados.

El capítulo 1 comienza con un testimonio: Juan habla de lo que oyó, vio y tocó (v. 1). Después viene el mensaje central: Dios es luz. A partir de ahí, Juan responde a tres frases que algunos decían: tenemos comunión con Dios aunque andemos en tinieblas (v. 6), no tenemos pecado (v. 8), no hemos pecado (v. 10). Entre esas falsas afirmaciones aparecen dos caminos verdaderos: andar en la luz (v. 7) y confesar los pecados (v. 9). Nuestro versículo nace de ese contraste.

Lo que dice el texto

Reflexión

Hay dos maneras de huir de la luz. Una es fingir que el pecado no existe. La otra es pensar que es demasiado grande para ser perdonado. Juan enfrenta las dos. Contra la primera, repite tres veces la expresión “Si decimos”, desarmando el discurso de quien se cree limpio. Contra la segunda, escribe el versículo 9, una de las frases más consoladoras del Nuevo Testamento.

La palabra griega traducida como “confesar” significa, literalmente, decir lo mismo. Confesar es estar de acuerdo con Dios sobre lo que hicimos, llamando al pecado por el nombre que Él le da. No es negociar, no es explicar por qué no fue tan grave, no es castigarse hasta sentirse digno. Es salir de las tinieblas y dejar que la luz muestre. Eso da miedo, porque la luz expone. Pero la luz de Dios no expone para destruir; expone para sanar.

Ahora fíjate en dos palabras que sorprenden: “fiel y justo”. Lo natural sería esperar “misericordioso”. ¿Por qué la justicia de Dios sería un motivo para perdonar? La respuesta está en el versículo 7: “la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado”. En la cruz, el pecado no fue ignorado; fue tratado. Por eso, cuando alguien confiesa, Dios no está haciéndose de la vista gorda. Está siendo fiel a su promesa y justo con respecto a lo que Cristo ya pagó. Juan lo dice un poco más adelante: tenemos un abogado con el Padre, Jesucristo, el justo (2:1).

Y hay más que perdón. El versículo habla de “limpiarnos de toda maldad”. Perdonar borra la deuda; limpiar empieza a ordenar la casa. David, después de su gran pecado, pidió exactamente eso: no solo perdón, sino un corazón limpio y un espíritu renovado (Salmo 51:10). La gracia no solo cancela el pasado; empieza a recrear a la persona. Esto no sucede de una vez, pero es real, y comienza con la confesión honesta.

Quizá cargas algo que nunca le has dicho a nadie, ni siquiera a Dios en voz alta. O quizá lo has confesado muchas veces y todavía te sientes sucio. El versículo no depende de la intensidad de lo que sientes, sino de la fidelidad de Dios. Si confesaste, su palabra dice que estás perdonado. Y, cuando sea sabio, confesarlo también a un hermano maduro, como sugiere Santiago 5:16, puede ayudar a que la luz entre donde la vergüenza todavía lo mantiene todo escondido.

Conexiones

Para aplicar

Para tu diario: Escribe lo que tienes miedo de confesar o lo que todavía pesa aun después de haberlo confesado. Después copia 1 Juan 1:9 y escribe con tus palabras qué significa que Dios sea fiel y justo contigo en esto.

Oración

Dios santo, tú eres luz, y en ti no hay ninguna oscuridad. Tú eres fiel y justo, y en Jesús mi pecado no fue ignorado, fue pagado. Confieso que muchas veces escondo lo que hice o intento justificarme. Hoy llamo a mi pecado por su nombre delante de ti y estoy de acuerdo contigo sobre él. Recibo tu perdón, no porque lo merezca, sino porque tú lo prometiste. Límpiame de toda maldad y crea en mí un corazón limpio. En el nombre de Jesús, Amén.

Para memorizar: 1 Juan 1:9
Paso para hoy: En las próximas 24 horas, confiesa a Dios de forma específica un pecado que venías evitando nombrar y, si involucra a otra persona, pídele perdón a ella.

Para profundizar: lee 1 Juan 1–2 y conoce a Perdón.

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