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Contexto histórico

Las lenguas del tiempo de Jesús

Arameo, hebreo, griego y latín

Jesús hablaba arameo en la vida diaria, leía la Escritura en hebreo y vivía en un mundo donde el griego y el latín eran las lenguas del comercio y del poder.

Un mundo de cuatro lenguas

En la Judea y la Galilea del siglo I convivían cuatro lenguas, cada una con su territorio. El arameo, lengua oficial del antiguo Imperio persa, se había vuelto el habla cotidiana de los judíos de la región. El hebreo era la lengua de la Escritura, de la oración y de parte de la enseñanza. El griego, extendido desde las conquistas de Alejandro Magno a fines del siglo IV a. C., era la lengua del comercio, de las ciudades y de los judíos de la Diáspora. El latín era la lengua del poder romano: del ejército, de los documentos oficiales, de las inscripciones de los gobernantes. Una persona común difícilmente dominaba las cuatro, pero casi nadie estaba expuesto a una sola. La mayoría de los estudiosos piensa que Jesús hablaba arameo en casa y al enseñar, conocía el hebreo de las Escrituras y quizá usaba algo de griego en una región de comercio; cuánto exactamente sigue en debate.

Arameo, la lengua de casa

Los Evangelios se escribieron en griego, pero guardan palabras arameas como quien guarda la voz de un ser querido. Marcos, sobre todo, conserva frases de Jesús en la lengua original y luego las traduce: Talitá cum, dicho a una niña muerta; Efatá, a un sordo; Abba, en la oración de Getsemaní; Eloí, Eloí, lamá sabactani, en la cruz. Aparecen además Corbán, Boanerges, Gólgota, Cefas y Raboni. Pablo, escribiendo en griego a corintios de habla griega, usa la fórmula Marana tha, ven, Señor, señal de que las primeras comunidades oraban en arameo y no quisieron perder esas palabras. El arameo de Galilea tenía su propio acento: la noche del arresto, la manera de hablar de Pedro lo delató en Jerusalén. Ni la élite sacerdotal escapaba de la lengua del pueblo: el osario atribuido a la familia de Caifás, hallado en 1990, lleva el nombre escrito en arameo.

Hebreo, la lengua de la Escritura

Durante mucho tiempo se pensó que el hebreo estaba muerto en tiempos de Jesús, limitado a los rollos sagrados. Los Manuscritos del Mar Muerto, descubiertos a partir de 1947, cambiaron ese cuadro: la gran mayoría está en hebreo, incluidos textos compuestos en la época, y no solo copias de la Biblia. Cartas del tiempo de la revuelta de Bar Kojba (132 a 135 d. C.) se escribieron en hebreo, arameo y griego, y la Misná, hacia el año 200, se redactó en hebreo. En las sinagogas, la Ley y los Profetas se leían en hebreo, muchas veces acompañados de una paráfrasis en arameo, el targum; se hallaron fragmentos de targum, como uno de Job, en Qumrán. En Nazaret, Jesús recibe el rollo de Isaías y lee. Cuando Hechos dice que Pablo habló a la multitud en lengua hebrea, muchos estudiosos entienden arameo, que el griego de la época también llamaba hebreo; otros piensan que era hebreo propiamente.

Griego, la lengua del mundo

El griego común, la koiné, era la lengua que cruzaba el Mediterráneo. En Alejandría, judíos tradujeron las Escrituras al griego entre los siglos III y II a. C.: es la Septuaginta, que se volvió la Biblia de buena parte de los primeros cristianos. En la propia tierra de Israel, ciudades como Séforis, Tiberíades y las de la Decápolis usaban el griego en el comercio y la administración. Dos discípulos de Jesús tienen nombres griegos, Andrés y Felipe, ambos de Betsaida, y es a Felipe a quien ciertos griegos buscan para ver a Jesús. La iglesia de Jerusalén tenía helenistas, judíos de habla griega, junto a los hebreos. Hasta el Templo hablaba griego: una placa de piedra hallada en 1871 advertía a los extranjeros que quien pasara la balaustrada sería responsable de su propia muerte. Josefo escribió sus obras en griego, pero confiesa que nunca dominó la pronunciación y que contó con ayudantes para el estilo.

Latín, la lengua del poder

El latín casi no lo hablaba el pueblo en Oriente, pero aparecía donde Roma quería ser recordada: en las inscripciones oficiales, en los mojones de los caminos, en los documentos del ejército. La Piedra de Pilato, hallada en Cesarea en 1961, está en latín y llama a Pilato prefecto de Judea. Los Evangelios, escritos en griego, dejan pasar palabras latinas que el propio griego había adoptado: legión, denario, centurión, pretorio y censo, en la pregunta sobre el impuesto al César. Marcos es especialmente rico en estos latinismos; llega a explicar dos pequeñas monedas griegas por el valor de un cuadrante romano. Para muchos estudiosos, eso encaja con la antigua tradición de que escribió en Roma o para lectores romanos. En la Galilea de Jesús, el latín era la lengua de los soldados y de los edictos, un recordatorio constante de quién mandaba.

Tres lenguas sobre una cruz

Juan registra que Pilato mandó escribir la causa de la condena en hebreo, en latín y en griego, y que muchos la leyeron, porque el lugar estaba cerca de la ciudad. El hebreo, allí, probablemente designa el arameo que hablaba el pueblo. Las tres lenguas resumen el mundo de aquel momento: la fe de Israel, el poder de Roma y la cultura griega. El título, Jesús de Nazaret, el Rey de los Judíos, pretendía ser acusación y advertencia, y se volvió, sin quererlo, un anuncio en todas las lenguas que importaban. Semanas después, en Pentecostés, judíos de muchas regiones oyen a los discípulos galileos hablar de las grandes obras de Dios en sus propias lenguas. Desde el comienzo, el cristianismo es una fe traducida: los Evangelios traen las palabras arameas de Jesús y, enseguida, que significa. El mensaje no quedó encerrado en una lengua sagrada.

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