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Contexto histórico

La casa y la familia en el siglo I

Patio, pan, compromiso y duelo

Casas pequeñas en torno a patios, familias grandes, compromisos arreglados, pan hecho cada día y duelo vivido en comunidad: la vida diaria detrás de muchas escenas de los Evangelios.

Una casa en torno al patio

En una aldea de Galilea, la casa típica no era una vivienda aislada, sino un conjunto: dos o tres cuartos pequeños, de piedra y barro, abiertos a un patio común donde estaban el horno, el molino de mano, la cisterna y, a veces, los animales. Alrededor del mismo patio vivían el padre, la madre, los hijos casados con sus esposas y los nietos. En Capernaúm, las excavaciones muestran exactamente ese patrón, con muros de basalto. Las ventanas eran pocas y estrechas; por dentro la casa era oscura, y una lámpara de barro con aceite lo iluminaba todo, como en la parábola de la mujer que enciende la lámpara y barre la casa buscando una moneda. El techo plano, hecho de vigas, ramas y barro apisonado, servía para secar frutos, dormir cuando hacía calor y orar. También era lo bastante frágil para que cuatro amigos lo abrieran y bajaran a un paralítico.

El pan de cada día

La base de la alimentación era el pan, de trigo o, para los más pobres, de cebada, que quizá aportaba la mitad o más de las calorías del día. Lo acompañaban aceite, aceitunas, lentejas y habas, higos, uvas, cebollas, queso y, cerca del lago, pescado. La carne era rara, reservada para fiestas y sacrificios. El pan se hacía todos los días, y la mañana empezaba con el sonido del molino de piedra: dos mujeres moliendo juntas es una escena que Jesús usa. La Misná, al enumerar los trabajos que la esposa debía a la casa, incluye moler, hornear, lavar, cocinar, amamantar, tender la cama y trabajar la lana. De noche, la familia dormía junta en esteras en el mismo cuarto, y la puerta se trancaba con una viga. Por eso, en la parábola, el amigo despertado a medianoche se queja de que ya está acostado con sus hijos: levantarse significaba despertar a toda la casa.

Compromiso, contrato y fiesta

El matrimonio era asunto de familias. Los padres concertaban la unión, y las muchachas solían casarse jóvenes, muchas veces en la adolescencia, mientras los hombres se casaban algunos años mayores; las edades variaban y son estimadas. Había dos etapas. El compromiso ya era un vínculo jurídico: a la novia se la llamaba esposa, y solo un divorcio deshacía el compromiso, como muestra José al pensar en dejar a María en secreto. Tras un intervalo, que la Misná fija en hasta doce meses para una joven virgen, venía la boda propiamente dicha: el novio buscaba a la novia en procesión, muchas veces de noche, con lámparas, y la fiesta podía durar hasta siete días. Un contrato, la ketubá, garantizaba a la mujer una suma en caso de divorcio o viudez; se han hallado contratos así en cuevas del desierto de Judea. Quedarse sin vino en una boda era una vergüenza para toda la familia.

Niños, mujeres y hombres en el trabajo

Tener hijos era bendición y necesidad. Pero la muerte rondaba la infancia: los demógrafos estiman que, en el mundo romano, entre un tercio y la mitad de los niños moría antes de la edad adulta. Los que sobrevivían empezaban pronto a ayudar, cuidando animales, juntando leña o espantando pájaros de los sembrados. Los varones aprendían el oficio del padre; a Jesús lo llaman el carpintero y el hijo del carpintero. Josefo afirma que la Ley mandaba enseñar a los niños a leer y a conocer los mandamientos, pero la alfabetización real era baja, estimada por muchos en una pequeña minoría. Las mujeres se ocupaban del pan, del agua, de la lana y de los hijos, y también trabajaban en la cosecha y vendían en el mercado; algunas tenían bienes propios, como las mujeres que sostenían a Jesús y a los Doce. Los hombres trabajaban en el campo, en la barca o en el taller. El espacio público era sobre todo masculino, lo que hace aún más notable el lugar de las mujeres entre los discípulos.

La puerta abierta: honra y hospitalidad

Recibir bien era una obligación sagrada y una cuestión de honra. A un huésped se lo acogía con agua para lavar los pies polvorientos, un beso de saludo y, en ocasiones especiales, aceite perfumado para la cabeza. Olvidar esos gestos era un desaire, como Jesús le hace notar al fariseo Simón. En las comidas formales, los invitados se reclinaban apoyados en el codo, y los lugares seguían el orden de importancia; por eso Jesús aconseja elegir el último lugar. La pureza también vivía en la casa: las familias judías usaban utensilios de piedra caliza porque, según la tradición rabínica, la piedra no contraía impureza. Las seis tinajas de piedra de la boda en Caná reflejan esa costumbre, y se han excavado en Galilea talleres de vasijas de piedra del siglo I, uno de ellos cerca de Reina, a pocos kilómetros de Caná. Casa, mesa y fe estaban entrelazadas en el mismo espacio.

El duelo en comunidad

La muerte también se vivía en público. Por el calor y las leyes de pureza, el entierro solía hacerse el mismo día. El cuerpo se lavaba, se ungía con aceites y especias y se envolvía en lienzos de lino, como hicieron con Jesús José de Arimatea y Nicodemo. En la casa, el llanto era ruidoso: plañideras y flautistas daban forma al lamento, y la Misná dice que hasta el hombre más pobre debía contratar al menos dos flautas y una plañidera para el entierro de su esposa. Seguían días de duelo en que parientes y vecinos visitaban a la familia, como los muchos que fueron a consolar a Marta y María en Betania. Las familias con más recursos de la región de Jerusalén sepultaban a los suyos en tumbas excavadas en la roca y, cerca de un año después, recogían los huesos en osarios de piedra. En ese ambiente de duelo compartido Jesús llora ante la tumba de Lázaro.

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